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Blog28 de septiembre de 2026 · DFC España

Caminos que se cruzan para seguir construyendo comunidad

40 jóvenes y 17 profesionales de Cruz Roja Española participaron en una experiencia facilitada por Design for Change España para escuchar, imaginar y diseñar colectivamente cómo seguir haciendo crecer Caminos Cruzados desde los territorios.

Hay encuentros que terminan cuando las personas se despiden. Y hay otros que están pensados precisamente para que algo continúe después.

Con esa segunda idea comenzamos la sesión de Design for Change dentro del Encuentro Estatal de Jóvenes de Cruz Roja Española, celebrado en Madrid los días 25 y 26 de septiembre: un espacio para encontrarnos, escucharnos y pensar colectivamente cómo seguir haciendo crecer el programa Caminos Cruzados cuando cada participante regresara a su territorio.

En la sesión participaron 40 jóvenes y 17 profesionales de Cruz Roja, acompañados por cuatro personas facilitadoras —dos de Cruz Roja Española, Maite Gutiérrez y Carlos Chana; y dos de Design for Change España, Miguel Luengo y Beatriz Alonso—. Una comunidad diversa también por sus orígenes, con presencia de personas procedentes de España, Marruecos, Ghana, Gambia, Argelia, Nicaragua, Mauritania, Honduras, Colombia, Guinea Ecuatorial, República Dominicana, Brasil, Venezuela, Camerún, Guinea, Senegal y Perú.

Pero la diversidad no era únicamente geográfica. Cada persona llegaba con experiencias, recorridos y formas diferentes de entender qué significa formar parte de una comunidad.

Y precisamente ahí empezó el trabajo.

Antes de diseñar, encontrarnos

La experiencia había comenzado incluso antes de llegar a Madrid.

Habíamos pedido a la juventud participante que buscara entre las fotografías que ya tenía en su móvil una imagen que representara, de alguna manera, qué significa sentirse parte de un grupo. No había que preparar nada especial ni buscar la fotografía perfecta. La propuesta era mucho más sencilla: de lo que ya tienes, encuentra algo.

Al personal técnico le planteamos una mirada diferente: recuperar una fotografía relacionada con alguna ocasión en la que un grupo de jóvenes les hubiera sorprendido por lo que había sido capaz de hacer y preguntarse qué había hecho posible ese momento.

Aquellas imágenes reaparecerían más tarde durante la sesión. Pero antes había algo todavía más elemental que hacer: conocernos.

Las propias acreditaciones se convirtieron en una herramienta para facilitar los encuentros. Sus colores y símbolos permitieron cambiar las agrupaciones a lo largo de la tarde y hacer que cada persona trabajara sucesivamente con gente diferente. El propio diseño de la experiencia contemplaba esos cambios como parte del recorrido.

Nombre. Territorio. Algo que disfruto.

Tres puntos de partida muy sencillos para empezar a descubrir quién había al otro lado.

Después llegó una pregunta más compleja: ¿qué es Caminos Cruzados para nosotras y nosotros?

Cada grupo construyó su propia respuesta y la hizo visible utilizando imágenes. No se buscaba alcanzar una definición única, sino reconocer las distintas experiencias y miradas que convivían dentro de una misma iniciativa. Después, los grupos se desplazaron por la sala para descubrir las representaciones creadas por otras personas y ampliar su propia perspectiva.

Los caminos empezaban, literalmente, a cruzarse.

SIENTE: comprender antes de buscar soluciones

Después del primer encuentro llegó un nuevo cambio. Las personas volvieron a agruparse y aparecieron las fotografías que habían elegido previamente.

La juventud compartió qué decía su imagen sobre sentirse parte de un grupo. El personal técnico volvió sobre las fotografías que había escogido pensando en el potencial de la juventud, pero desde una pregunta diferente: ¿qué puede contar ahora esa fotografía de ti?

Habíamos empezado conociendo Caminos Cruzados. Ahora tocaba dar un paso más: diseñarlo.

Para hacerlo utilizamos la metodología Design for Change y sus cinco fases —SIENTE, IMAGINA, ACTÚA, EVOLÚA y COMPARTE—. Durante la sesión recorrimos especialmente las dos primeras: SIENTE, para comprender mejor la realidad antes de actuar sobre ella, e IMAGINA, para abrir posibilidades y convertir algunas de ellas en propuestas concretas. ACTÚA y EVOLÚA también estuvieron presentes en la explicación del proceso, aunque no se desarrollaron durante el encuentro. El objetivo era que los diez grupos de trabajo salieran de la sesión con ideas accionables que pudieran seguir explorando y poniendo en práctica al regresar a sus territorios. El propio guion planteaba concentrar la experiencia especialmente en SIENTE e IMAGINA.

Porque antes de preguntarnos qué podemos hacer, necesitamos detenernos a mirar qué está ocurriendo.

Cada persona comenzó trabajando individualmente. Desde lo que sabía, había vivido u observado en Caminos Cruzados —o desde otras experiencias que podían aportar aprendizajes— identificó cuestiones que consideraba importantes.

Después llegó el momento de ponerlas sobre la mesa.

Literalmente.

Los post-its fueron ocupando grandes papeles mientras cada participante explicaba sus aportaciones. Primero sin debatirlas, clasificarlas ni intentar resolverlas. El objetivo era hacer visible toda la información antes de empezar a interpretarla y garantizar que todas las voces tuvieran espacio.

Solo entonces comenzó la búsqueda de conexiones.

Las aportaciones relacionadas se acercaron unas a otras. Algunas cambiaron de lugar varias veces. Otras permanecieron solas. De esas relaciones fueron emergiendo áreas sobre las que podía tener sentido actuar, sin categorías decididas de antemano: eran los propios grupos quienes descubrían qué vínculos existían entre aquello que habían compartido.

El siguiente reto fue sintetizar.

¿Qué nos está diciendo toda esta información?

Cada agrupación comenzó a convertirse en una frase y cada frase, en un posible foco de acción. Finalmente, cada equipo escogió aquel sobre el que quería seguir trabajando. No necesariamente el “más importante”, sino uno capaz de movilizar al grupo y abrir una oportunidad para continuar diseñando.

Así terminó SIENTE.

No con soluciones, sino con preguntas mejor enfocadas.

IMAGINA: abrir posibilidades antes de elegir

Con los focos sobre la mesa, cambiamos de lógica.

Entramos en IMAGINA.

Durante unos minutos dejamos a un lado la viabilidad, las dificultades y los “esto no se puede hacer”. La consigna era generar posibilidades: cuantas más, mejor; construir sobre las propuestas de otras personas; recibir también las ideas inesperadas y aplazar el juicio.

Porque, como recordamos durante la sesión, el juicio es la criptonita de la creatividad.

La pregunta que orientó el trabajo era sencilla:

¿Qué podríamos hacer para cambiar esta situación?

Las ideas comenzaron a aparecer en voz alta. Una llevaba a otra; una propuesta podía transformarse al encontrarse con la siguiente. En este momento, el papel del personal técnico era especialmente significativo: recogía las aportaciones procurando mantenerse fiel a las voces que escuchaba y, al mismo tiempo, podía participar también con sus propias ideas.

Después de abrir posibilidades llegó el momento de elegir.

Cada grupo votó primero aquellas propuestas que más le atraían y, entre las que habían recibido mayor apoyo, seleccionó una para continuar trabajando.

Entonces comenzó el prototipado.

Diez grupos, diez posibilidades para seguir avanzando

Prototipar significaba convertir una idea todavía abstracta en algo que otras personas pudieran ver, comprender y enriquecer. No buscábamos dibujos perfectos. Dibujar era una manera de pensar conjuntamente: concretar qué ocurriría, quién podría participar o cómo podría funcionar aquello que hasta entonces solo había sido una posibilidad.

Las propuestas resultantes mostraron la diversidad de necesidades y preocupaciones presentes en el grupo.

Algunas ponían el foco en fortalecer los vínculos entre territorios: organizar visitas para conocer otras realidades; variar los lugares de encuentro; realizar más actividades y reuniones conjuntas; crear grupos de WhatsApp o Instagram; hacer videollamadas y quedadas; generar grupos de apoyo; o buscar ayudas económicas que faciliten viajar y encontrarse.

También apareció la importancia de crear espacios en los que las personas puedan sentirse como en casa, respetando las diferentes culturas, acogiendo, ofreciendo sonrisas y evitando el rechazo.

Otras propuestas abordaban necesidades muy concretas. Uno de los grupos trabajó sobre la posibilidad de contar con una vivienda estable para personas que necesitan estudiar o disponen de ingresos muy reducidos.

Otro imaginó un círculo de comunicación juvenil en el que compartir información, ideas y preguntas, y desde el que poder trasladar posteriormente reivindicaciones a las administraciones a través del activismo juvenil.

Y apareció también una demanda especialmente clara: participar en la toma de las decisiones que afectan a la propia juventud.

Diez grupos, diez prototipos y diferentes maneras de imaginar cambios. Algunas propuestas podían ponerse en marcha desde la propia comunidad; otras requerían diálogo, recursos o interlocución con diferentes agentes. Pero todas nacían del mismo proceso: observar una realidad, identificar aquello sobre lo que se quería actuar e imaginar colectivamente qué se podía hacer al respecto.

Compartir para hacer crecer las ideas

Una idea cambia cuando sale del grupo que la ha creado y se encuentra con otras miradas.

Por eso los prototipos volvieron a moverse por la sala.

Cada equipo explicó el foco que había elegido y mostró su propuesta. Las demás personas escucharon y aportaron desde dos comienzos de frase muy concretos: “Lo que me parece más interesante es…” y “Y además podríais…”.

Quienes habían diseñado la propuesta tenían, por su parte, una tarea aparentemente sencilla: escuchar.

Sin justificarla. Sin defenderla. Sin responder inmediatamente a cada sugerencia.

Solo recibir el feedback y decir: “Gracias”.

Porque una idea también puede crecer cuando permitimos que otras personas entren en ella.

De una idea en Madrid a una posibilidad en cada territorio

Los prototipos no pretendían cerrar proyectos ni construir planes de acción completos. Eran un punto de partida.

Durante la sesión habíamos recorrido SIENTE e IMAGINA: detenernos a comprender antes de buscar soluciones, identificar focos de acción, generar posibilidades, elegir algunas y hacerlas suficientemente visibles como para poder compartirlas y recibir otras miradas.

ACTÚA vendría después.

Porque el propósito no era que todo terminara aquella tarde, sino que las personas participantes pudieran regresar con ideas que tuviesen recorrido y que pudieran adaptarse, desarrollarse o ponerse en marcha desde sus propias realidades.

Ese planteamiento conectaba directamente con el principio que había guiado el diseño de la experiencia: que el encuentro pudiera convertirse en un nuevo hito en la evolución de Caminos Cruzados, fortaleciendo los vínculos entre quienes forman parte de la comunidad y generando las condiciones para que ese impulso continuara creciendo al regresar a cada territorio.

Por eso, en la última parte de la sesión, la pregunta cambió.

Ya no se trataba únicamente de qué podíamos imaginar, sino de cómo mantener vivo el vínculo que hacía posible seguir construyendo en común.

Del encuentro al territorio

Los grupos volvieron a cambiar.

Esta vez, la conversación miraba directamente hacia el futuro: qué podía hacer cada persona y qué podía hacer la comunidad para mantener el vínculo una vez terminado el encuentro.

Las respuestas fueron muy concretas.

Quedar más. Dar contactos. Crear grupos de WhatsApp o Instagram. Participar en eventos y actividades. Hacer videollamadas. Organizar reuniones virtuales. Proponer más quedadas. Variar los lugares de encuentro. Conocer otros territorios. Crear grupos de apoyo. Impulsar actividades territoriales. Buscar ayudas que faciliten viajar y encontrarse.

En uno de los papeles quedó escrita una idea especialmente sencilla:

“Comunicación continua”.

Quizá buena parte de la continuidad de una comunidad empiece precisamente ahí.

No necesariamente en crear algo completamente nuevo, sino en cuidar los vínculos que ya existen y generar oportunidades para volver a encontrarse.

Lo que nos llevamos

Al terminar la tarde preguntamos qué se llevaban de la experiencia.

Las respuestas hablaron de amistades, de conocer a más gente y a personas de otras ciudades, de respeto, de experiencias y recursos compartidos. Pero también apareció una preocupación: hay cuestiones urgentes que no pueden hablarse hoy para olvidarse mañana. Hay realidades que necesitan continuidad, personas que necesitan respuestas y cambios que requieren seguir trabajando, hablando y reivindicando.

De todas esas voces nació una frase colectiva que resume buena parte de lo vivido:

“Nos llevamos amistades, respeto, experiencias y gente nueva de otros lugares. Nos llevamos también las ganas de seguir trabajando con todo lo que hemos hecho aquí, para que lo vivido no se olvide y sirva de base para que consigamos cambios”.

Y probablemente ahí esté una de las claves de todo el recorrido.

Durante la sesión cambiaron los grupos, los lugares de la sala, las preguntas y las formas de trabajar. Hubo conversaciones individuales y colectivas; fotografías, post-its, dibujos y prototipos; momentos para escuchar y momentos para imaginar.

Pero detrás de todas esas dinámicas había una intención común: crear condiciones para que personas que habían llegado desde territorios, orígenes y experiencias diferentes pudieran encontrarse, reconocerse como parte de una comunidad y descubrir que también tienen capacidad para diseñar cómo quieren que esa comunidad continúe creciendo.

Ese era, precisamente, el principio que había guiado el diseño de la experiencia:

Los caminos se cruzan.
Hay encuentros que crean vínculos.
Los vínculos tejen comunidad.
Las comunidades impulsan la transformación de los territorios.

Madrid fue el lugar en el que esos caminos volvieron a encontrarse.

Ahora cada persona regresa al suyo.

El encuentro termina. El recorrido continúa.

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