Así terminó el curso el CEIP Andrés Segovia: una historia de confianza, colaboración y transformación
Por Beatriz Alonso
Hay finales de curso que se miden en notas. Y hay otros que se recuerdan por todo lo que ha cambiado durante el camino.
En el CEIP Andrés Segovia de Torrejón de Ardoz, todo comenzó con una pregunta sencilla: ¿qué os preocupa y qué os gustaría cambiar?
Las profesoras Lucía Soler, Merche Cruz y Cristina Carretero no llegaron a sus aulas de 4º de Primaria con un proyecto cerrado. Querían que fuera el propio alumnado quien identificara un reto y encontrara la manera de actuar. Confiaron en que, si les daban el espacio y las herramientas necesarias, serían capaces de construir algo propio.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Cuando el proyecto deja de ser del profesorado
La idea nació en el aula, pero pronto empezó a crecer.
Los niños y niñas decidieron impulsar una iniciativa solidaria para apoyar a un colegio africano a través de la ONG ITT Gambia. Lo que al principio parecía un proyecto de clase, fue sumando nuevas personas: familias, profesorado, personal del centro, entidades colaboradoras e incluso el Ayuntamiento.
«Cuando empezamos con esto, no pensábamos que fuera a tener el alcance que ha tenido», recuerda Lucía.
La clave, sin embargo, no estuvo en la organización del festival ni en la recaudación conseguida. Estuvo en el protagonismo del alumnado.
«Ellos tomaban las decisiones; nosotras les guiábamos. El proyecto fue muy suyo. Han estado involucrados desde el primer momento, por eso ha salido tan bien», explica Merche.
Desde septiembre, dedicaron una o dos sesiones quincenales al proyecto. A medida que se acercaba el festival, cualquier momento servía para seguir avanzando: un rato libre, las horas de patio…
Porque cuando un proyecto cobra sentido para quienes lo viven, deja de ocupar un espacio en el horario para convertirse en parte de la vida del centro.
Una comunidad que decide caminar en la misma dirección
Aunque no se trataba de un proyecto de centro, terminó implicando a toda la comunidad educativa.
Las familias elaboraron productos artesanales para el mercadillo solidario. El conserje colaboró en la organización. Las profesoras invitaron periódicamente a las familias para compartir el proceso y hacerlas partícipes del camino.
«Necesitamos que todos vayamos en la misma dirección si queremos que esto funcione. De esto sacamos muchos más aprendizajes. Las familias nos decían: ‘Esto lo van a recordar».
Y tenían razón.
El festival reunió a unas 500 personas. El alumnado coordinó actividades, actuaciones, juegos y puestos solidarios. Incluso consiguieron que el alcalde y el concejal visitaran el colegio.
Todo ello organizado por 77 niños y niñas que habían sentido, desde el principio, que el proyecto les pertenecía.
El impacto fue mucho más allá de lo que imaginaban
Gracias al festival consiguieron recaudar 5.800 euros.
Con ese dinero se podrá amueblar un aula en un colegio de Gambia con mobiliario fabricado a partir de plástico reciclado recogido por una asociación local de mujeres. Además, la recaudación contribuirá a financiar el salario de la docente del aula durante un año y el servicio de comedor.
Desde ITT Gambia lo resumieron con una frase que habla por sí sola:
«Es el evento más bonito en el que hemos colaborado porque había 77 niños involucrados».
El cambio más importante ocurrió dentro del aula
Cuando les preguntamos qué había significado este proyecto para el alumnado, no hablaron primero del festival.
Hablaron de colaboración.
Hablaron de crecimiento.
Hablaron de convivencia.
«El proyecto nos ha dado aliento porque hemos visto colaboración en una época de mucho individualismo. Hemos vivido en el aula situaciones de apoyo y colaboración que a veces en el día a día se hace difícil», explica Lucía.
Merche lo resume con otra imagen sencilla y poderosa:
«Les hemos visto madurar».
Y quizá ahí reside el verdadero valor de experiencias como esta.
Porque el objetivo nunca fue organizar un festival o recaudar fondos.
El objetivo era ofrecer a niños y niñas se comprometiesen: darles la oportunidad de descubrir que sus ideas importan, que pueden movilizar a otras personas y que son capaces de generar cambios reales cuando trabajan juntos.
En ese proceso aprendieron mucho más que contenidos.
Aprendieron a escuchar, a dialogar, a tomar decisiones, a asumir responsabilidades, a colaborar y a perseverar.
«El profesorado también aprendió y se unió para sacar adelante un proyecto tan bonito», comparte Lucía.
Una historia que invita a mirar al próximo curso
Al terminar esta conversación les preguntamos cómo definirían todo lo vivido con una sola palabra.
No dudaron.
«BRUTAL».
Quizá esa sea también la mejor forma de resumir lo que ocurre cuando confiamos de verdad en el potencial de niños y niñas.
Desde Design for Change España queremos dar las gracias a Lucía, Merche, Cristina y a toda la comunidad educativa del CEIP Andrés Segovia por abrirnos las puertas de esta experiencia y compartir con tanta generosidad sus aprendizajes.
Ojalá esta historia inspire a muchos otros centros a comenzar el próximo curso con una pregunta sencilla, pero capaz de cambiarlo todo:
¿Qué os importa lo suficiente como para querer cambiarlo?
Ahora que ha terminado el curso, quizá sea un buen momento para hacerse una pregunta de cara al próximo: ¿Qué pasaría si diéramos un poco más de espacio al protagonismo del alumnado?
Si te apetece empezar el próximo curso facilitando un proyecto con la Metodología DFC, puedes descargar gratuitamente nuestra Guía para facilitar proyectos DFC, una herramienta práctica para acompañar a tu alumnado desde la primera pregunta hasta la celebración del cambio.
Porque cada transformación empieza con alguien que se atreve a confiar.
